¿Por qué vemos lo que vemos en las redes sociales?

La pregunta da vueltas y vueltas desde hace tiempo, o desde siempre desde la existencia de las redes sociales: ¿por qué vemos lo que vemos?

La respuesta tiende a ir hacia una palabra: algoritmo. Un esbozo de explicación dirige hacia una fórmula o un conjunto de fórmulas que ordena parámetros y define qué mostrarle a cada persona. Los desarrolladores de cada red mantienen esas fórmulas en secreto, y ese secreto va mutando: el algoritmo de ayer no es el mismo de hoy, y tampoco será el de mañana. Incluso, desde hace años apelan a recursos de inteligencia artificial para ir adaptándose a lo que -dicen- la gente quiere ver. Porque en el fondo, las redes sociales son eso: un punto de encuentro que, en general, se retroalimenta siempre de lo mismo. Lo que queremos. Lo que buscamos. Lo que (parece que) somos.

En septiembre de este año, Twitter anunció cambios en la visualización del timeline, con una nueva configuración para quienes desearan incorporarla (y por estos días, empezó una prueba con algunos usuarios para mejorar la aplicación de estos cambios). Bajo el título “no te pierdas nunca los tweets importantes de la gente que sigues”, la red prometía ubicar en los lugares más visibles del feed “los tweets que más te pueden interesar”. ¿Y cómo sabe Twitter lo que más te puede interesar?

*Inserte aquí emoji de duda*

A falta de algoritmo, buenas son las pruebas. Es momento de hacer un ejercicio: entremos a alguna de nuestras redes sociales, vayamos a ver a qué usuarios seguimos (no nuestros seguidores: nuestros “seguidos”), repasemos los nombres; algunos tendrán decenas, la mayoría cientas o miles de personas; ¿a cuántos de esos “amigos” vemos cotidianamente en nuestras redes? ¿quiénes aparecen regularmente en el feed, en el timeline? Serán pocos, seguro. Ahora empieza, pues, la segunda parte del ejercicio: seleccionar uno de los olvidados, uno de esos amigos que nunca vemos, que incluso nos sorprendió encontrarlo. Entremos a su perfil. Hurguemos un poco. Demos like a alguna publicación. Comentemos una imagen, un tuit, hagamos RT. Interactuemos.

Hagamos, ahora, lo contrario. Ubiquemos alguno de nuestros preferidos. Mirémoslo por última vez, saludémoslo en silencio. Durante los próximos tres, cuatro, cinco días, no le daremos más likes ni le compartiremos nada, no le responderemos posteos, no entraremos a su perfil ni ampliaremos sus fotos. Nada.

Hay que esperar. Tener un poquito de paciencia. La paciencia, a veces, hace magia.
Magia.

Porque en el fondo, las redes sociales son eso: un punto de encuentro que, en general, se retroalimenta siempre de lo mismo. Lo que queremos. Lo que buscamos. Lo que (parece que) somos.

Aunque no es magia: a partir de ahora, ese fantasma que seguíamos pero no recordábamos nos volverá a aparecer en el feed, como si siempre hubiera estado ahí. Y ese gran amigo de redes al que le felicitábamos cada invención irá desapareciendo de a poco de nuestra vista. Sí, va a seguir estando, no dejaremos de seguirlo, pero ya no será parte de eso que Twitter llama “lo que te puede interesar”, porque -claro- si dejamos de leerlo, de celebrarlo, la red pensará que ya no nos interesa más. ¿Por qué acaso nos va a interesar algo que no comentamos, no compartimos, no megusteamos?

Con o sin fórmulas de algoritmos, la realidad (la realidad de las redes) está ahí, a la vista, y no es muy diferente a la realidad de la vida 1.0 (la realidad por fuera de las redes). ¿Alguien quiere juntarse, salir, ver un partido, tomar algo o ponerse en pareja con gente que le cae mal, que no comparte intereses, que detesta? ¿Quién se junta los sábados a la tarde con amigos o amigas a no hablarse, a mirar para el costado? ¿Qué hincha de River se junta a ver el partido de River con hinchas de Boca y de San Lorenzo? En las redes pasa lo mismo: una especie de endogamia enfocada en afinidades políticas, gustos y placeres, e incluso odios y sarcasmos.

Por eso, las redes no nos muestran a todas las personas que seguimos (como en la vida offline no vemos a toda la gente que conocemos), no nos muestran todos los posteos de cada uno de nuestros seguidores, ni tenemos manera de encontrarlos si no los buscamos específicamente. ¿De qué depende que nos muestre a un usuario, a otro, más de uno de ellos, más de otro de aquéllos? De nosotros.
De nuestras interacciones.
De nuestros likes.
De nuestros retweets.
De nuestros comentarios.
De nuestro comportamiento.

Es, de alguna manera, un círculo vicioso, un microclima permanente. Vemos algo, nos gusta, la red nos lo vuelve a mostrar; buscamos alguna palabra, seguimos alguna cuenta, las red nos muestra términos o cuentas semejantes; entramos a una publicidad -por ejemplo, en Instagram-, entonces Instagram nos mostrará más publicidades como ésa, hasta el hartazgo. Y no se sorprendan si, además, mañana les llegara un mail ofreciendo algo que buscaron en alguna red o en Mercado Libre.

Nos están viendo. Todo el día. A toda hora. En línea.

Y nosotros los vemos, todo el día, a toda hora, pero sólo en línea. Dentro del microclima. El “¿viste eso que pasó en Twitter?” funciona sólo para los que forman parte del mismo microclima en Twitter (o elija su propia red). Algo de eso se ve con claridad en época de elecciones: todos creen que van a ganar, que son muchos, que vamos por todo o no vuelven más, que la gente está feliz o no aguanta esta realidad, que los alcanzamos o no nos pueden alcanzar. Porque están ahí. Todos estamos ahí. Y mucho, pero mucho tiempo.

Si bien ahora algunas empresas (como Apple o Google) desarrollaron aplicaciones para conocer el tiempo en pantalla de cada usuario en cada aplicación, las redes sociales nos quieren allí, expectantes, pasando tiempo, mostrándonos más y cada vez más, tentándonos con más fotos, más viajes, más “amigos”, más productos, más cosas que nos gustan. No es amor: es negocio. Es publicidad a la vista o entrelíneas, convenciéndonos sin que nos demos cuenta (claramente) de que un producto o un servicio es ideal. Además, como se demostró en los últimos años, nuestros datos y nuestros intereses también cotizan (muy alto). Pero ésa es otra historia.

“Las investigaciones muestran que cuando usamos las redes sociales para conectar con gente que nos importa impacta en nuestro bienestar”, dijo alguna vez el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg. Según él, todo lo que pasa en Facebook es por nuestro bien. Por nuestro bien en 2009 terminó de mostrar el feed de manera cronológica para hacerlo por “popularidad” (cantidad de likes); por nuestro bien, dos años más tarde, Facebook anunció que mostraría “las cosas que más te interesen”, según sus criterios algorítmicos; por nuestro bien, otros dos años después, se advirtió que parte de los 100.000 factores de peso dentro del algoritmo estaba el “aprendizaje automático”; por nosotros, desde ya, en 2014 se sacó el criterio de “popularidad” como punto preferencial; también por nosotros, a principios de este año se anunció el fin de la prioridad para las páginas para volver a mostrar más los perfiles personales, la familia, los amigos (excepto a quienes promocionen sus páginas o publicaciones, claro).

Si bien ahora algunas empresas (como Apple o Google) desarrollaron aplicaciones para conocer el tiempo en pantalla de cada usuario en cada aplicación, las redes sociales nos quieren allí, expectantes, pasando tiempo, mostrándonos más y cada vez más, tentándonos con más fotos, más viajes, más “amigos”, más productos, más cosas que nos gustan.

Las redes, en definitiva, son esquemas de relaciones. Nos muestran más cosas de quienes más vínculo tenemos (en las redes). Nos ocultan a quienes no prestamos atención (en las redes). Por si te lo perdiste, te muestra lo que te perdiste (de likear o retweetear, porque “sabe” a lo que habitualmente le das like o RT, con quiénes te relacionás). De eso se trata: más nos gusta, más comentamos, más compartimos, más respondemos, más consultamos, más nos lo muestra. No tienen siquiera problema en admitirlo, como hizo Twitter hace unos meses al anunciar la nueva manera para mostrar los tweets en su cronología: “Ya hemos comprobado que la gente que ha usado esta tiende a retweetear y twittear más, generando más comentarios en tiempo real y conversación -decía la red del pajarito, para agregar, a modo de epílogo de esta nota, con una frase que muestra de manera impecable lo que creen los desarrolladores de redes, los dueños de gran parte de nuestro tiempo-, lo que es bueno para todos”.

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